Conciencia Profunda

Cuando la memoria depurada halla fácilmente el acceso a lo que en este mismo momento es mejor para nosotros o para la situación en que nos encontramos, responde inmediatamente a la exigencia y nos aporta una solución creativa. Ese tipo de eficiencia se llama intuición.

La intuición suele considerarse como fruto del azar pero es uno de los estados posibles de conciencia profunda, es decir, de un ejercicio integral de las facultades psicológicas que no actúa de manera fragmentada o limitada sino que aborda integralmente la situación en el que el ser humano se encuentra. En los últimos años ha hecho fortuna el concepto de “inteligencia emocional”, difundido por el psicólogo Daniel Goleman (a partir de su experiencia en Asia con los métodos de la conciencia y su traducción a un contexto psicológico) que es una capacidad derivada de esa integralidad, pero existen otras. Muchos deportistas de élite conocen las diversas manifestaciones que toma la intuición que se deriva de la integración entre cuerpo, mente, respiración y energía.

El famoso novelista japonés Haruki Murakami, autor de “Tokyo Blues”,  ha escrito sobre ello en “De qué hablo cuando hablo de correr” respecto a su experiencia como maratoniano.  Un ejemplo elemental de esa conciencia profunda es este: cuando debemos bajar unas escaleras a toda prisa, lo hacemos corriendo de manera fluida e ininterrumpida. Si contamos los escalones o pensamos en el mecanismo de la marcha, tropezamos.  En el fútbol, los goles memorables responden a esa misma intuición surgida de la conciencia profunda del instante. Es harto conocido el entrenamiento en meditación zen que en Japón siguen los tiradores de arco.

En la práctica del qigong podemos experimentar esos momentos de intuición, y además, favorecer que surjan otras manifestaciones más profundas de ella.  Como algún sabio ha dicho, “el fuego del movimiento de los músculos aviva la luz de la conciencia”. Una práctica continuada del qigong nos lleva a experimentar la relación que existe entre conciencia y energía, de manera empírica y directa. Esa “energía” que algunos consideran una entelequia está identificada por la medicina tradicional china –en cuyo marco teórico y práctico se da el qigong—y su circulación, cartografiada minuciosamente en la trama somatoenergética del ser humano.

La atención dinámica conduce al avivamiento de los procesos energéticos en el ser humano; la concentración en esos procesos pone en marcha el aumento y refinamiento de esa energía; es posible entonces que una circulación energética de mayor calidad y fluidez ejerza efectos en el continuo psicosomático. No sólo en lo fenomenológico sino en planos más profundos de refinamiento de la conciencia. Esa conciencia intuitiva que parece estar reservada a artistas, místicos y creadores, o bien experimentable de manera fortuita, puede ser accesible mediante una práctica metódica basada en la integración cuerpo-mente-energía.

Los beneficios psicológicos de la práctica del qigong nos aportan mayor eficiencia, bienestar, paz y salud. Este camino nos conduce no a la abstracción o al aislamiento sino al encuentro de la Humanidad.  El qigong nos ofrece una posibilidad de mejora y cambio que no es únicamente individual sino transpersonal y social, de acuerdo con otra frase sabia:  “Sé tú mismo el cambio que deseas ver realizado en el mundo” (Gandhi).

Texto redactado gracias a la colaboración de Gabriel Jaraba, profesor de qigong y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona

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