Oriente y Occidente

Artículo publicado en: www.aprendetaichi.com

Un día Isaac Newton sesteaba bajo un árbol cuando observó la caída fortuita de una manzana. Se dice que el físico inglés tuvo una intuición súbita de la ley de la gravedad inducida por la visión del fruto desplazándose en vertical atraído por la tierra. Sea cierta o no la anécdota, la teoría de la gravitación universal fue desarrollada a partir de una percepción genial. La cuestión es que las manzanas se han desprendido siempre de los árboles al alcanzar el punto de madurez suficiente, ante la mirada de las personas, siglo tras siglo, desde que el mundo es mundo y desde que las manzanas están ahí, pidiendo a gritos darles un mordisco. La observación científica y la percepción profunda de la naturaleza son maravillosas, pero tienen un problema: hace falta saber mirar. Y la mirada más valiosa es aquélla que sabe descubrir lo que se halla escondido.

Como todo el mundo sabe, el mejor modo de esconder una cosa es ponerlo a la vista de todos. Lo demostró el gran narrador Edgar Allan Poe con su cuento sobre la carta escondida, que en realidad se hallaba sobre un mueble en medio de la habitación, descansando ante la mirada de los ajetreados detectives. Seguro que nuestro amigo Newton la hubiera descubierto… de no haber nacido un siglo antes de que Poe hubiera comenzado a esgrimir su creativa pluma de ave. Pues lo que le permitió su genial deducción fue su conocimiento de lo elusivo que resulta a la mirada lo que es verdaderamente significativo.

La filosofía china tuvo, desde hace milenos, una visión profunda de algo tan fundamental y a la vez inadvertido como la manzana de Newton o la carta de Poe: Qi, la Energía Vital que es el núcleo de toda materia y la energía de toda forma. Todo el universo está formado por Qi. Todo, desde lo más microscópico hasta lo más grande, lo animado y lo inanimado, lo visible y lo invisible, está sustentado y conformado por Qi que está en continuo movimiento e interacción. También nosotros somos Energía Vital y estamos en constante interacción con la Energía Vital del entorno.

La filosofía china explica la génesis del universo desde un principio de gran vacuidad, de vacío absoluto, en el cual hubo un primer impulso que originó la Energía Vital. Y ésta mostró sus polaridades: Yang con connotaciones de activación, fuerza y avance y Yin débil y pasiva. Ambas polaridades, opuestas a la vez que complementarias, empezaron a moverse y girar como si se tratara de una bobina electromagnética. Así nació el Taiji que es la manifestación de toda la energía polarizada que representa el universo.

Qi, con sus polaridades Yin y Yang, es como la carta escondida. Unos, los chinos, supieron percibir su universalidad fundamental. Otros, los occidentales, han tardado un poco más en hallarla. Ciertamente, lo de la manzana fue un buen comienzo…

En occidente, a finales del siglo XIX la comunidad científica estaba convencida de que ya no tenía nada nuevo para explicar, creía que la naturaleza había sido descubierta en su totalidad y solo se tenía que aplicar todo el conocimiento desvelado en beneficio de la sociedad. Hasta ese momento los fundamentos de la física se sustentaban en dos grandes pilares. El primero comprendía la teoría de la mecánica en la que todos los conocimientos de dinámica y cinemática desde Aristóteles hasta Galileo se habían condensado en una sola teoría conocida hoy como la Mecánica Clásica. El segundo pilar sustentaba la otra mitad de la física que trataba los efectos eléctricos y magnéticos conocidos desde los griegos hasta Oersted, Faraday y Lenz, y que también habían sido unificados por el científico ingles James Maxwell en una sola teoría llamada electromagnetismo.

Sin embargo, mucho camino quedaba por recorrer.

Qigong y ciencia

A principios del siglo XX Albert Einstein postula la teoría de la relatividad que da paso a la conocida formula E=mc2 donde E es la energía de un sistema o materia que tiene una masa m y c es la velocidad de la luz. La ecuación explica que la masa no es más que una forma de energía, es decir, la materia y la energía son expresiones duales de la misma sustancia.

El viejo Einstein con sus frondosos bigotes nos conduce de un mundo mecánico, donde todo es sólido y tangible, a otro lugar donde las cosas se parecen más a lo que los antiguos chinos percibieron. Se puede afirmar que un cuerpo no es físico, es un cuerpo de energía con apariencia física, por tanto la energía es la base de toda existencia y vida. Posteriormente y gracias a la teoría de la relatividad general de Einstein, en la que no se admiten soluciones estáticas, el padre jesuita belga Georges Lemaître propone, en base a la observación de la recesión de unas nebulosas espirales que el universo se ha originado por la explosión de un átomo primigenio, teoría que más tarde es llamada Big Bang. Más tarde, Edwin Hubble realiza observaciones que sirven de base para comprobar la teoría de Lemaître: las galaxias se alejan entre ellas a velocidades relativas a la Tierra y directamente proporcionales a su distancia. Esta teoría es hoy conocida como la Ley de Hubble.

También durante el siglo XX, y a nivel de física cuántica, los científicos descubren que los átomos están compuestos por partículas todavía más pequeñas: electrones, protones y neutrones. El núcleo atómico está constituido por el protón y el neutrón, mientras que los electrones giran en torno al núcleo. Todos los átomos son combinaciones de esas tres partículas, llamadas subatómicas, que son indivisibles. Sin embargo, posteriormente, las nuevas investigaciones revelan que los protones y los neutrones están compuestos de partículas todavía más ínfimas llamadas quarks. Cada protón y neutrón está formado por tres quarks. Este nuevo modelo entiende que toda la materia en el universo, desde los átomos hasta las estrellas están formados por quarks que se definen como partículas indivisibles similares a puntos. Sin embargo y para sorpresa de muchos se descubre que este último modelo tampoco es preciso. En 1984, los físicos John Scwarz y Michael Green introducen una nueva teoría: las supercuerdas. Esa teoría más profunda trasciende todas las teorías anteriores y muestra que la unidad que conforma el universo no es un punto sino una extensión de una sola dimensión, como una cuerda que está en constante vibración. Esta partícula subatómica elemental puede entenderse como una excitación o vibración energética.

Con la teoría de las supercuerdas, el mundo “energético” einsteniano se convierte ya en un mundo “poético”. Esa teoría se halla hoy día sujeta a fuertes discusiones en la comunidad científica –especialmente en esa especie de circuitos selectos de fórmula 1 que es la física teórica— pero la sugerente atracción que ejerce nos acerca a un nuevo paradigma, inquietantemente semejante a lo que la antigua civilización china supo expresar filosóficamente.

Durante el último siglo, en Occidente, el largo camino de descubrimientos científicos mediante la experimentación y la hipótesis ha desvelado el mismo conocimiento que desde tiempos inmemorables siempre ha explicado de forma simple e intuitiva la filosofía oriental. Tanto la ciencia occidental como la filosofía oriental revelan una misma y única verdad: el universo incluye, de una forma esencial, al observador y conjuntamente forman un Todo que es energía íntimamente interconectada y en continuo movimiento.

Es realmente sorprendente comprobar como la Ciencia Occidental y el Misticismo Oriental han llevado caminos tan dispares para llegar a la expresión del mismo conocimiento.

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